A lo largo de la historia Irlanda y Escocia han rivalizado sobre el Whisky, hasta el punto de que los escoceses reconocen que los irlandeses lo inventaron pero ellos lo perfeccionaron. Si nos atenemos a las cifras de ventas, y por tanto al gusto del consumidor, parte de razón no les falta ya que prácticamente se multiplica por 50, las cajas de whisky escocés vendidas frente a las del whiskey irlandés.
La historia atribuye a los monjes irlandeses su creación, por ello el término de whiskey (note el lector la “e” incorporada en la pronunciación), proviene del gaélico “uisce beatha” que en latín se traducía por “aqua vitae” o agua de la vida; la significación era clara para nuestros ancestros el destilado tenía una poder medicinal. Como era de esperar tal magnífico invento no podía quedar encerrado entre las paredes de los monasterios, así que no tardo en extenderse por toda Irlanda y posteriormente por Inglaterra. La destilería autorizada más antigua; que figura en los anales de la historia es la Bushmills que se encuentra en Irlanda del Norte desde 1608.
Una vez que la magia de la destilación salió por el mundo nos encontramos con distintas formas de producción que han conformado singularidades en este destilado según su procedencia, tenemos el escocés, el irlandés, el bourbon americano, el rye canadiense y el japonés, cada uno con sus matices y sus respectivos aficionados.
El Irish whiskey se caracteriza fundamentalmente por su suavidad, lograda a través de la triple destilación; por ausencia de los toques ahumados propios del Scotch whisky, derivado del secado de la cebada en hornos cerrados; y finalmente las notas de cereal presentes en cualquier cata, en parte motivado por la utilización junto a la cebada malteada de una proporción en verde. Las destilerías irlandesas se pueden identificar por disponer de alambiques más grandes y por poner mayor acento en la destilación y su maduración que en la mezcla. El Scotch whisky, en cambio alcanzó elevada difusión por el genio de los maestros mezcladores, que combinaban cual técnica del mejor perfumista, los destilados de distintas procedencias, para obtener el whisky deseado; normalmente más de 40 destilados intervienen en proporciones celosamente guardadas por el maestro mezclador en la elaboración de los famosos blended escoceses. El hecho de que la cebada sea secada en hornos abiertos favorece el ahumado de la misma y su traslación final al producto, de ahí que una de las características fundamentales del whisky escocés es el toque ahumado, más o menos pronunciado según la marca elegida, y su sabor seco.